lunes, 5 de agosto de 2013

Testigo de una mañana.

Debido a un amigo, hoy me dio por mezclarles la sexualidad y el romance.


Mi curiosidad me juega la mala pasada. Decido quedarme y suspiro muy profundo logrando relajarme. Cierro los ojos y trato de no pensar en nada. Sólo en esas manos que de los hombros bajan a la cintura y ahora suben por todo mi frente, sus dedos por debajo de la tela, se detienen a explorar la base de esa cordillera que son mis senos pequeños,  y después escalan a la punta. No consigue arrancarme un gemido pero la sensación finalmente empieza a ser agradable, tibia, de cascabeles conocidos.

Los besos siguen, sin misterio pero con buen tono. En algún momento se me cae un arete y lo buscamos por todos lados, sin éxito. Mierda. Reintentamos con los besos y las caricias. Y lo hacemos bien. Extendidos en el sofá, caigo en cuenta de que soy yo, la que está encima de él. ¡Mi dios!


... Voy a vestir con mi amor todo tu cuerpo!

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